Varsovia: un destino no anhelado



A mí me habían prometido un viaje a Viena. Nadie mencionó Varsovia y de haberse mencionado, yo me hubiera encargado de apaciguar las emociones de todos. Con todo y lo que me gusta viajar, Varsovia fue una de esas ciudades que me inspiraban muy poco o nada. No obstante, me convencieron en la estación del tren; “! Sorpresa! nos vamos a Varsovia”. Los miré con la mitad del rostro que aún sonreía, pero no quise decepcionar a nadie. Así que callé.

Abordamos el tren y cerré mis ojos conmocionada porque este era el último fin de semana en el continente europeo, lo que implicaba que ya no habría tiempo para ir a Viena. Me quedé dormida por un par de horas; cuando me levanté, miré por la ventana y vi el campo verde, pero el día, a pesar de ser verano, estaba gris y lluvioso.

Llegamos a la estación del tren en Varsovia, pero el segundo tren que nos llevaría a nuestro hotel acababa de salir, y el próximo arribaría dos horas más tarde. Me senté en una banca después de correr por toda la estación tratando de, literalmente, convencer a una trabajadora para que me vendiera un tiquete de tren. Los varsovianos, obviamente con excepciones, son petulantes y groseros, especialmente los adultos mayores, detestan el turismo; son xenófobos a morir. Pagan un canon a la Unión Europea para no tener que recibir inmigrantes de ninguna parte del mundo, y aunque hablen inglés, su respuesta es un no contundente acompañado de una braveada y volteada de ojos.


Todo tenía sentido para mi hasta el momento, incluso el temperamento de los polacos. Ellos cargan con el genocidio a los judíos en sus memorias e historia y los fantasmas se pasean invisiblemente por las calles de la capital. Los edificios todavía destruidos y sin pintura, y las grietas son parte de la decoración callejera. Pareciera que la segunda guerra mundial hubiera terminado apenas un siglo atrás.Polonia en la

Segunda Guerra Mundial Durante la Segunda Guerra Mundial


Alemania no tenía más que carbón y Hitler estaba obsesionado no solo con rearmarla, sino conseguir “espacio vital” para que los alemanes pudieran vivir más holgadamente y fundar un verdadero Estado. Polonia era el país perfecto para lograr su cometido. Así que falsamente se acercó a Stalin para negociar Polonia, una mitad para cada país a cambio de prevenir Rusia de protestar en su contra si rearmaban. Sin embargo, Hitler no cumplió su promesa y casi al finalizar la guerra irrumpió en Polonia acaparándola totalmente, pero además intentó tomarse la península Balcánica, sin éxito, porque para la fortuna de los rusos, quienes no pudieron competir con los Blitzkrieg de los alemanes, llegó el frío y las tropas alemanas no estaban preparados para combatirlo.

Fueron años muy angustiantes en Europa y se persiguió con sevicia la existencia judía. Lastimosamente seis millones de judíos murieron, y de esos seis millones, tres, fueron asesinados en Polonia.

Caminando por las calles de Varsovia no podía dejar de pensar en todos los datos que había leído desde niña sobre Polonia y su relación con la Segunda Guerra Mundial. Me imaginaba la resistencia polaca en ciertas calles y me erizaba cuando encontraba placas conmemorando los linderos de los guetos de la época. Pese a esto, Varsovia aún tenía un par de cosas que quería ver y hacer, y hoy recomendar.

POLIN, Museo de historia de los judíos polacos

Inmenso y abrumador. Diseñado para visitarlo en un par de horas. Sin embargo, tiene tanta información que pasé casi siete horas leyendo todos los muros, murales y carteleras posibles. El espacio es gigantesco y su diseño moderno. Cada salón representa un período de desarrollo social y económico judío, y se explica claramente como fueron perseguidos en cada una de las épocas y el por qué.

A quien me pregunta, siempre respondo que dos días son apropiados para recorrer el museo, siempre y cuando visite el museo para aprender de historia y no solo para la “selfie”.

Museo Fryderik Chopin

Es una casa pequeña de tres pisos. En la primera planta se encuentra una colección en un cuarto levemente oscuro donde se pueden escuchar las piezas más conocidas de Chopin, sus diarios, sonatas, nocturnos y etudes. Estas últimas, representaban un gran desafío para él, y no las enseñaba a sus estudiantes, a menos que fueran expertos. Chopin fue muy exigente consigo mismo y con sus estudiantes, no perdía el tiempo enseñándole a quien no quisiera aprender y mucho menos a quien no quisiera practicar; no tenía que ver si era hijo de fulano, mengano o perencejo.

La culinaria polaca


Suena horrible, pero nada más exquisito que la sopa de sangre de pato, empanadas con salsa ácida y los famosos pierogis; mis favoritos los de requesón. Busqué un restaurante de tradición y me encontré con Czerwony Wieprz, el Red Hog. Este restaurante tiene una historia muy interesante y debo admitir mi única conexión con la izquierda. Resulta que, en ese mismo lugar y al culminar la Segunda Guerra Mundial, en medio de fábricas y cervecerías, secretamente se reunían los más influyentes entre la clase obrera y formaron el primer partido comunista de Polonia. Ese mismo restaurante alojó las fiestas misteriosas entre Lenin, Fidel Castro y Mao Tse Tung, entre otros.

Hoy en día, de ese restaurante puedo recomendar mi postre favorito: torta Bezowi Zurawina, más o menos un merengón de fresas, pero más dulce y empalagoso que de costumbre.

No sé si volveré a Varsovia, realmente lo dudo, repetiría solo cuando haya visitado por lo menos una ciudad por cada país soberano reconocido por la ONU. Si Google no me falla, 194.

Así me despido, hoy desde Varsovia, mañana desde algún otro lugar.

@donajodona


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