Una curiosa historia en Pattaya, Tailandia



Dias 1 y 2: yoga y Alcazar Cabaré

Alquilé un servicio de puerta a puerta para que me recogiera en Bangkok a las 10 de la mañana y me dejaran en el hotel de Pattaya un poco antes de la hora permitida para registrarme. Los tailandeses están siempre tarde pero casualmente me tocó el conductor más puntual. Era el cumpleaños del tipo, la persona que hizo la reservación me lo dijo, y aunque la costumbre de celebrarlos no existe en Tailandia, decidí cantarle el cumpleaños feliz en español como gesto de agradecimiento por su puntualidad.

Ni él hablaba español, ni yo hablaba tailandés. Sin embargo, la melodía es la misma y todo el mundo la conoce, -es más o menos tan popular como la melodía de Mario Bross entre los treintones-. Creo que di en el tiro, halagado, si se sintió. Sus manos juntas en el pecho en voz de agradecimiento me dieron esa sensación.

En ese punto de mi viaje, ya me sentía indispuesta por la comida de la calle. Pero habían pasado tan solo 8 días y todavía tenía 4 días más antes de volver a los Estados Unidos. Alucinaba por leche, quesos y pan integral. No quiero decir que en toda Tailandia es rarísimo encontrar leche, queso y pan, pero si se quieren, toca salirse del itinerario para conseguirlos.

Para mi fortuna el hotel tenía un buffet tipo americano para el desayuno. Una gran variedad de frutas y exquisitos platos de la India. Obviamente los platos más típicos tailandeses adornaban la barra; pad thai, pad sieu, tom yum y tom kha gai. Ni hablar de la amplia variedad de sopas asiáticas y sushi. Más aun, encontré mi manjar: una barra de quesos: azul, gouda, holandés, brie y gorgonzola (mismo queso azul pero diferente origen). Leche y pan a diestra y siniestra, y huevos (sin pasta). Sobra decir que… “me di gusto”.

Durante mi estadía en ese hotel, tuve una de las experiencias más provechosas haciendo yoga. Desde hace unos 10 años he practicado yoga con regularidad, pero no disciplinadamente. Aun encuentro varias posturas un desafío, como la del sapo, por la que en ya dos ocasiones casi me quedo sin sonrisa; la clase estuvo “suavecita”. Me impresioné de ver los logros comparados con mi primera clase de yoga, 10 años atrás en Santa Marta. No solo la flexibilidad sino el fortalecimiento de los bíceps y mi capacidad de concentración han mejorado notablemente.

Entendí que hay un yoga comercial, ese que nos venden en el mismo estudio con veintiún mil nombres; y un yoga más estructurado donde realmente se incorporan el cuerpo y la mente en la misma clase sin categorías. Sin generalizar, el yoga se ha vendido en nuestros países occidentales como un practica para fortalecer el cuerpo más que la mente. Me dio la impresión que, en esta clase en Tailandia, la tutora se empeñó por ayudarme a fortalecer la mente para luego sincronizarla con las posiciones del cuerpo. Me ayudó a superar el miedo a perder la sonrisa, y de paso a encontrar mi equilibrio en la postura del sapo.

Al llegar la noche ya esperaba con ansias el espectáculo de “chicas” o “ladies-boys.” Así le llaman en Tailandia y su término es más que evidente; como dicen los terminólogos, transparente, con solo leerlo se entiende de qué se trata.

Tailandia es un país muy liberal, se vive del modo A.A.: “vive y deja vivir”. Pattaya como ciudad liberal no es la excepción. Muchos travestis por doquier y la aceptación es envidiable. No vi morbosos ni personas señalando, pero si muchos turistas esperando su turno para entrar al espectáculo en ALCAZAR. Por otro lado, ellas, divinas. Unos cuerpos esculturales, mucha silicona, evidentemente, pero abdominales trabajados con mucho sacrificio, al menos así parecía. Las caras divinas también, y cada una con mejor porte que la otra. Los vestidos muy típicos de Tailandia con muchas figuras y dorado, además de colores vivos y coronas gigantes y bastante elaboradas. Manejaban las plataformas mejor que cualquiera. Empero, su ritmo es bastante escueto.

Día 3: playa, brisa y mar


En el hotel me ofrecieron un día con varias actividades incluidas. Me recogieron a las ocho de la mañana en un tuk tuk y me llevaron a la orilla del mar, donde me encontré con el conductor de una lancha que me llevaría a hacer parapente. Esa sería la persona que me llevaría a todas mis actividades el mismo día. Me fui con él, mi familia y otros turistas. Me bajaron en una plataforma sobre el agua a una milla de la orilla, donde en menos de 10 minutos me proveyeron con el equipo de seguridad y paracaídas de emergencia, y en un abrir y cerrar de ojos me vi volando sobre el mar; no tuve tiempo de arrepentirme, lloriquear o rezar. Una vez me bajé, me recogió esa misma lancha y me llevo a mi lugar de sea trek. – Las playas de Pattaya son conocidas por su quietud; sin embargo, y como para variar, me tocó un mar embravecido. – Aun así, me arriesgué a bajar ocho metros y caminar bajo el océano. Sea trek, por su nombre en inglés, es una forma de buceo con un casco especial que te permite sumergirte en el mar de tres a diez metros de profundidad hasta tocar el fondo, proporcionándote oxígeno y peso para mantenerte en pie. Me sumergí, pero sobra decir que no vi peces, ni tortugas marinas. El mar estaba agitado y yo nerviosísima. Aún recuerdo la escalera del barco, en el que me habían desembarcado, cuasi golpeando el fondo del mar y yo, tratando de sujetarme para subir.

Viajamos unos diez minutos a una isla llamada Ko sac. Del lado de atrás de esa isla, el agua estaba clara y serena. Almorcé pescado frito, verduras al vapor, arroz blanco y frutas exóticas tailandesas. A la media hora me subí en una banana náutica y me fui a caretear. Sobra decir mi asombro con el color de los peces, la pasividad con la que se movían las mantarrayas, además de la temperatura del agua.

Regresé al caer la tarde a mi hotel, maravillada de mi contacto con la naturaleza, y como dicen las grillas, sintiéndome #bendecida y #prosperada.

Día 4: masaje corporal en un prostíbulo, por accidente y almuerzo ruso

Al día siguiente me levanté temprano, empaqué mi maleta y me fui a buscar un masaje corporal por las calles de Pattaya. En mi hotel, el mismo paquete costaba diez veces más de lo que costaba un masaje “callejero.” Luego de recorrer la ciudad, encontré una calle con letreros iluminados en colores escandalosos, locales comerciales que lucían salones de belleza, y mujeres vestidas conservadoramente en la entrada invitándonos a pasar; de hecho, nunca pensé que fueran trabajadoras sexuales. Mis hijastros estaban conmigo; la locura porque ambos aprobaron el lugar y el tipo de masaje. Ninguno de los tres se imaginó que estábamos en un prostíbulo y siendo masajeados por prostitutas. Para resumir la historia, nuestro masaje duró una hora y media. Cuando el masaje terminó, nos ofrecieron servicios adicionales y les dijimos que gracias, pero que no. Aun muero de la risa cuando recuerdo nuestras caras de sorpresa y las de las tres mujeres. Pagamos 7 dólares por persona y les dejamos propinas. Fue una experiencia muy chistosa y placentera.

Terminé mi mañana en un restaurante de comida rusa recomendadísimo por TripAdvisor y Yelp. Yo me comí unos envueltos de arroz en hoja de repollo, una samosa con carne y una sopa borscht. La sopa fue perfecta para entonar el estómago, los repollos para sentirme satisfecha y la samosa para alimentar la gula. En resumen, les recomiendo el lugar, se llama Caravan. Muy buena calidad, excelente servicio y el sabor muy típico.

Regresé a Bangkok en la misma van que me llevó a Pattaya, dormí una noche y volé de vuelta a Washington, haciendo una escala en el aeropuerto internacional de Qatar. Así terminó mi viaje a Tailandia.

Si están pensando en un viaje a Tailandia, y quieren más información, pueden escribirme.

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